De Los diarios de Edward James Kenway

Capítulo tercero

Ella estaba en el Auld Shillelagh, una taberna a mitad de camino entre Hatherton y Bristol que yo solía frecuentar. A veces, durante el verano, cuando madre y padre se afanaban en el esquileo en casa y yo tenía que viajar con frecuencia a la ciudad, visitaba este lugar varias veces al día.

He de admitir que al principio apenas me fijé en ella, algo inusual en mí porque presumo de conocer el paradero exacto de toda bella dama en los alrededores. Y además, el Shillelagh no era precisamente la clase de lugar donde uno esperaría encontrar a una mujer hermosa. Había mujeres, claro está. Cierto tipo de mujeres. Pero podía ver que esta chica no era una de esas: era joven, más o menos de mi edad, y llevaba una toca de lino blanco y un vestido con canesú. Me recordaba a una empleada del servicio doméstico.

Pero lo que me hizo reparar en ella no fue su atuendo, sino el volumen de su voz, que contrastaba vivamente con su aspecto. Estaba sentada con tres hombres, todos mayores que ella, a quienes reconocí de inmediato: Tom Cobleigh, su hermano Seth y un tal Julian, cuyo apellido ignoraba, pero que trabajaba con ellos. Tres hombres con quienes había intercambiado algo más que palabras en alguna ocasión, el tipo de personajes que me despreciaban porque pensaban que yo los despreciaba a ellos, y a quienes yo les gustaba tan poco como ellos a mí. Se inclinaban hacia delante en sus taburetes y observaban a la joven con miradas lascivas y voraces que delataban sus oscuras intenciones, a pesar de que en todo momento sonreían, golpeaban la mesa alegremente y la animaban a beber de su jarra de cerveza.

No, ella no era como el resto de las mujeres que frecuentaban la taberna, pero parecía decidida a comportarse de igual forma. La jarra era casi tan grande como ella y, cuando se limpió los labios y la dejó caer sobre la mesa, los hombres respondieron con vítores, pidieron a gritos otra jarra y sin duda observaron complacidos cómo empezaba a tambalearse ligeramente sobre el taburete. Probablemente no podían creer la suerte que habían tenido al toparse con una dulce muchachita como aquella.

Los observé mientras acompañaban los tragos de la chica con nuevas exclamaciones de júbilo y, seguidamente, ella repitió el mismo gesto y se limpió los labios con la mano, pero esta vez su tambaleo fue más pronunciado. Los tres hombres intercambiaron miradas que parecían decir: “El trabajo está hecho”.

Tom y Julian se levantaron y se dispusieron, en sus propias palabras, a escoltarla hasta la puerta porque, como ellos mismos dijeron: “Has bebido demasiado, pequeña. Te llevaremos a casa, ¿de acuerdo?”

—A la cama —dijo Seth con una sonrisa creyendo que hablaba para sí mismo, aunque toda la taberna pudo oírle—. Es hora de llevarte a la cama.

Lancé una mirada al tabernero, pero este agachó la cabeza mientras se sonaba la nariz en el mandil. Un cliente sentado cerca de mí en la barra miró hacia otro lado cuando lo interpelé con mi mirada.

Cobardes. Habría sido más útil pedirle ayuda al gato, pensé. Con un suspiro, dejé mi jarra, me bajé de la banqueta y seguí a los Cobleigh al exterior.

Parpadeé al emerger de la oscuridad de la taberna a la cegadora luz del día. Mi carro estaba allí, bajo el ardiente sol; junto a él había otro que supuse que pertenecía a los Cobleigh. Al otro lado de la calle había un corral delante de una casa, pero no había rastro del granjero. Estábamos solos en el camino: los dos hermanos Cobleigh, Julian, yo y, por supuesto, la chica.

—Bueno, Tom Cobleigh —dije—, lo que uno puede llegar a ver en una hermosa tarde; tus compinches y tú emborrachándoos y de paso emborrachando a una pobre e indefensa joven.

La chica se agitó cuando Tom Cobleigh soltó su brazo y se giró para dirigirse a mí con el dedo ya levantado.

—No te metas en esto, Edward Kenway, no eres más que un jovenzuelo que no sirve para nada. Estás tan borracho como yo y tu moral es igual de laxa. No necesito que gente como tú me dé consejos.

Seth y Julian se habían girado también. La chica tenía la mirada vidriosa, como si su mente se hubiera apagado aunque su cuerpo aún siguiera despierto.

—Bueno —sonreí—, puede que tenga poca moral, Tom Cobleigh, pero no necesito emborrachar a una chica para llevármela a la cama, y menos aún la ayuda de dos amigos para hacerlo.

El rostro de Tom Cobleigh se enrojeció. —Cómo te atreves, víbora deslenguada. Voy subirla a mi carro y después voy a llevarla a su casa.

—No me cabe duda de que tu intención es subirla a tu carro y llevarla a su casa. Lo que me preocupa es lo que hagas antes de llegar a ella.

—Así que es eso lo que te preocupa, ¿eh? Pues a eso tendrás que añadirle una nariz y un par de costillas rotas a menos que dejes de meterte donde no te llaman.

Entrecerrando los ojos, contemplé el camino de tierra flanqueado por árboles que brillaban con tonos dorados y verdes bajo el sol, y en la distancia vi una figura solitaria a caballo, resplandeciente y de contornos imprecisos.

Di un paso adelante y, si hasta entonces había conservado cierto talante humorístico, este desapareció de repente motu proprio. Cuando volví a hablar, mi voz sonó dura y fría.

—Deja a la chica en paz, Tom Cobleigh, o no me haré responsable de mis actos.

Los tres hombres se miraron. De alguna forma, hicieron lo que les pedí. La chica era libre y parecía casi aliviada de poder ponerse en cuclillas mientras apoyaba una mano en el suelo y nos miraba con ojos adormilados. Sin duda era ajena a todo lo que ocurría a su alrededor.

Mientras, concentré mi atención en los Cobleigh y barajé mis opciones. ¿Había luchado alguna vez contra tres hombres a la vez? Bueno, no. Porque en una pelea contra tres, uno no luchaba, sino que recibía. Pero venga, Edward Kenway, me dije a mí mismo. Sí, era cierto que eran tres, pero uno de ellos era Tom Cobleigh, quien ya no era ningún chaval, pues rondaba la edad de mi padre. Otro era Seth Cobleigh, el hijo de Tom. Y si sois capaces de imaginar qué tipo de persona ayudaría a su padre a emborrachar a una jovencita, ya sabréis la clase de personaje detestable que era Seth, un tipo rastrero y ruin que en una pelea probablemente pondría los pies en polvorosa antes que mantenerse firme. Además, estaban borrachos.

Por otro lado, yo también estaba borracho. Además, contaban con Julian, quien a juzgar por las apariencias, era más que capaz de defenderse.

Pero yo tenía otra idea. El jinete solitario que alcanzaba a ver en la distancia. Si lograba entretener a los Cobleigh hasta que llegara, era probable que la balanza se inclinase a mi favor. Después de todo, si el jinete era una persona con principios, sin duda se detendría para ayudarme.

—Bien, Tom Cobleigh —dije—, es evidente que tenéis ventaja sobre mí, pero os juro que no sería capaz de volver a mirar a mi madre a los ojos si no hiciese nada por evitar que raptéis a esta pobre muchachita.

Alcé la vista y vi que el jinete se estaba acercando. Vamos, pensé. No te entretengas.

—Así pues —proseguí—, incluso si me dejáis tirado en medio de un charco de sangre a un lado del camino y conseguís saliros con la vuestra, haré todo lo que esté en mi mano para ponéroslo difícil. Y a lo mejor hasta os lleváis de recuerdo un ojo morado y un buen hematoma en vuestras partes.

Tom Cobleigh escupió y me miró entornando los ojos. —Bueno, ¿vas a quedarte ahí parado cotorreando, Edward Kenway, o vas a cumplir con tu deber? Porque no tenemos todo el día… —sonrió con aire malvado—. Tengo asuntos importantes de los que ocuparme.

—Sí, cierto, y cuanto más tiempo pase, más probabilidades hay de que a la pobre muchacha se le pase la borrachera, ¿no?

—He de decirte que toda esta cháchara empieza a aburrirme, Kenway —dijo mientras se giraba hacia Julian—. ¿Y si le damos una lección a este gusano? Ah, una cosa más antes de empezar, señorito Kenway, no sirves ni para sacarles brillo a los zapatos de tu madre, ¿me oyes?

Eso me llegó al alma, no me importa admitirlo. Que alguien como Tom Cobleigh, que tenía la moral de un perro sarnoso y ni la mitad de su inteligencia, fuera capaz de hurgar en mi alma y de meter el dedo en la llaga de mi culpabilidad para causarme aún más dolor, no hizo sino reafirmar mi determinación.

Julian sacó pecho y se adelantó con un gruñido. Cuando estaba a dos pasos de mí levantó los puños, bajó el hombro derecho e intentó golpearme. No sé contra qué tipo de patanes estaba acostumbrado a enfrentarse fuera de la taberna, pero estaba claro que eran menos duchos que yo en el arte de pelear, porque a esas alturas ya me había dado cuenta de que Julian era diestro y, aunque hubiera querido, no podría haberme mostrado mejor sus intenciones.

El polvo se arremolinó en torno a mis pies mientras esquivaba con facilidad su golpe y le propinaba un derechazo. Lanzó un aullido de dolor cuando le golpeé en la mandíbula. Si hubiera estado él solo, el combate ya habría terminado. Pero Tom Cobleigh ya estaba encima de mí. Lo vi por el rabillo del ojo y tardé demasiado en reaccionar. El golpe que me asestó en la sien me dejó aturdido.

Me tambaleé ligeramente mientras me daba la vuelta para rechazar la arremetida, y noté que mis puños se agitaban con más furia de lo que hubiera querido. Esperaba poder asestar un golpe de suerte, ya que necesitaba derribar a otro hombre para igualar la pelea, pero ninguno de mis puñetazos alcanzó a Tom Cobleigh mientras este retrocedía. Además, Julian se había recuperado de mi puñetazo con alarmante rapidez y ya se disponía a atacarme de nuevo.

Lanzó un derechazo que aterrizó sobre mi barbilla y casi me hizo perder el equilibrio. El sombrero se me cayó al suelo, tenía el pelo sobre la cara y me hallaba en un estado de gran confusión. ¿Y a que no adivináis quién apareció en ese momento dispuesto a darme un puntapié? El gusano de Seth Cobleigh, mientras lanzaba gritos de ánimo a su padre y a Julian. La pequeña sabandija tuvo suerte. Su bota me alcanzó en el estómago y perdí el equilibrio, cayendo al suelo.

Lo peor que le puede pasar a uno en una pelea contra tres hombres es caer al suelo. Una vez que te has caído, se acabó. A través de la maraña de piernas vi al jinete solitario en el camino. Era mi única oportunidad de salvación y probablemente de escapar con vida, pero lo que vi hizo que me diera un vuelco el corazón. A lomos del caballo no iba un hombre, un comerciante dispuesto a bajarse de su montura y acudir corriendo en mi ayuda. No, el jinete solitario era una mujer. Montaba en el caballo a horcajadas, no a mujeriegas, y no cabía duda de que se trataba de una dama. Llevaba un sombrero y un vestido veraniego de colores claros, y lo último que pensé antes de que las botas de los Cobleigh taparan mi vista y una lluvia de golpes cayera sobre mí fue que era hermosa.

Pero la belleza no iba a sacarme de esta.

—Eh —oí decir—, vosotros tres. Parad de inmediato.

Se dieron la vuelta para mirarla y se descubrieron ante ella, colocándose en línea para ocultarme de su vista mientras yo yacía en el suelo tosiendo.

—¿Qué está pasando aquí? —inquirió. Por el sonido de su voz, supe que era joven y, aunque no era de clase alta, estaba bien educada —demasiado bien educada para cabalgar por ahí sin compañía.

—Solo estábamos enseñándole a este joven algunos modales —respondió Tom Cobleigh casi sin aliento. Patearme hasta la muerte era un trabajo cansado.

—Bueno, no hacen falta tres hombres para eso, ¿no? —respondió ella. Ahora podía verla. Era el doble de hermosa de lo que había pensado originalmente. Miraba a los Cobleigh, cuya furia parecía haberse aplacado, con aire severo.

Se bajó del caballo. —Es más, ¿qué estáis haciendo con esta joven? —señaló a la muchacha, que seguía sentada en el suelo aturdida y embriagada.

—Oh, señora, nuestra joven amiga ha bebido un poco más de la cuenta.

La dama adoptó un tono sombrío. —Esta muchacha no es vuestra amiga, sino mi sirvienta, y si no la llevo a casa antes de que mi madre descubra que se ha fugado, pronto será una sirvienta desempleada.

—Os conozco y creo que sé exactamente lo que está pasando aquí. Ahora vais a dejar en paz a este hombre y a continuar vuestro camino antes de que cambie de idea y decida tomar cartas en el asunto.

Con profusas reverencias e inclinaciones, los Cobleigh treparon a su carro y desaparecieron de inmediato. Mientras tanto, la mujer se había arrodillado junto a mí. —Me llamo Caroline Scott, mi familia vive en Hawkins Lane, Bristol. Deja que te lleve a mi casa para curarte las heridas.

—No puedo, mi señora —respondí sentándome y tratando de esbozar una sonrisa—. Tengo cosas que hacer.

La mujer se incorporó. —Entiendo. Pero dime, ¿he adivinado lo que ocurría?

Cogí mi sombrero y comencé a quitarle el polvo. Ahora parecía aún más estropeado. —Así es, mi señora.

—Entonces te doy las gracias, también en nombre de Rose cuando se haya despejado. Es una chica testaruda y a veces resulta difícil de controlar, pero aun así, no quiero verla sufrir a causa de su carácter impetuoso.

En ese momento supe que ella era un ángel y, mientras las ayudaba a subirse al caballo, Caroline sujetando a Rose mientras esta se dejaba caer aturdida sobre la cerviz del caballo, tuve un pensamiento repentino.

—¿Puedo verte de nuevo, mi señora? Para darte las gracias cuando tenga un aspecto un poco más presentable, quizá.

Me miró apenada. —Me temo que mi padre no lo aprobaría —respondió, y con un movimiento de las riendas se alejó al galope.

Esa noche me senté bajo el tejado de paja de nuestra cabaña contemplando los pastos mientras el sol se ponía en la lejanía. Normalmente mis pensamientos giraban en torno a la idea de fugarme o de luchar contra mi inevitable destino.

Pero esa noche pensé en Caroline. Caroline Scott de Hawkins Lane.

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Una respuesta a “De Los diarios de Edward James Kenway

  1. Alguien notó que al principio dice “Tom Cobleigh, su hermano Seth” y más abajo dice “Otro era Seth Cobleigh, el hijo de Tom”? Por lo que pude ver, este error se encuentra sólo en la versión en español.

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